BIENVENIDO AL MEDITERRÁNEO, RÍO GARONA

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Mientras nuestra delegación de regantes valencianos explicaba a las instituciones europeas en Bruselas cómo se administra el agua cuando nunca está garantizada, al otro lado de los Pirineos, la cuenca del Garona entraba en un verano de caudales menguantes, calor persistente y nuevas restricciones. Las dos escenas, separadas por más de mil kilómetros, forman parte de una misma historia: la Europa húmeda ya no puede considerar la sequía un problema exclusivo del Mediterráneo.

El contraste es poderoso. El Garona, nacido en el Valle de Arán y abierto después hacia Toulouse y el Atlántico, ha sido durante décadas uno de los grandes referentes fluviales del suroeste europeo. No es un río mediterráneo y tampoco puede afirmarse que todo su cauce se encuentre seco. Pero las imágenes de tramos empobrecidos, brazos secundarios reducidos y lechos pedregosos revelan una vulnerabilidad que ya no puede despacharse como una anomalía pasajera.

A finales de junio, la prefectura de Haute-Garonne endureció las limitaciones de uso del agua. La ausencia de precipitaciones significativas durante varias semanas, unida a las altas temperaturas, estaba provocando una caída continuada de los caudales. Los pequeños cursos de agua fueron los primeros en mostrar una situación crítica: los sectores de control ecológico situados en ambas márgenes del Garona entraron en nivel de crisis y otros afluentes pasaron a alerta reforzada. Las medidas incluyeron prohibiciones o fuertes limitaciones para determinados aprovechamientos agrícolas, urbanos y recreativos.

No es solo falta de lluvia

La sequía hidrológica no se explica únicamente por cuánto llueve. Importan también la temperatura, la humedad previa de los suelos, la nieve acumulada en las cabeceras, la evaporación, el estado de los acuíferos y la presión de los distintos usos. Un episodio cálido puede acelerar el secado del terreno y reducir la parte de la precipitación que finalmente alimenta ríos y embalses. Por eso, dos años con cantidades de lluvia parecidas pueden producir respuestas fluviales muy distintas.

El cambio climático añade una capa de incertidumbre. Los escenarios científicos para Francia y el suroeste europeo apuntan a estiajes más prolongados, suelos secos durante más tiempo y una mayor competencia por el recurso en verano. La paradoja es que esa tendencia puede coexistir con lluvias torrenciales e inundaciones más intensas. Menos regularidad no significa simplemente menos agua: significa recibirla con mayor frecuencia en el momento, el lugar o la intensidad equivocados.

Ese es el contexto político en el que FECOREVA viajó a Bruselas los días 29 y 30 de junio. El objetivo declarado fue presentar ante las instituciones de la Unión Europea las prácticas de gestión desarrolladas por los regantes valencianos, alicantinos y castellonenses y defender la singularidad del regadío levantino. La agenda incluyó reuniones con responsables de la Comisión Europea, la Representación Permanente de España, el Comité Europeo de las Regiones y eurodiputados de diferentes familias políticas.

Representación de FECOREVA en Bruselas.

La experiencia de quienes reparten la escasez

La reivindicación contiene una idea atendible: las regiones mediterráneas llevan siglos organizando la escasez. Las comunidades de regantes han creado normas de reparto, turnos, órganos de vigilancia y mecanismos de resolución de conflictos mucho antes de que la adaptación climática entrara en el vocabulario comunitario. A esa tradición se han sumado la medición digital, el riego localizado, la automatización, la reutilización de aguas depuradas y, en algunos territorios, la desalación.

Parte de este conocimiento puede resultar útil en otras cuencas europeas. La primera lección es que la sequía debe gestionarse antes de que llegue. Los planes de emergencia, los umbrales de alerta, la transparencia de los datos y los acuerdos previos entre usuarios evitan que cada episodio se convierta en una improvisación. La segunda es que el agua necesita instituciones cercanas al territorio, capaces de conocer quién consume, para qué y con qué consecuencias. La tercera es que ningún sistema puede depender de una sola fuente.

Sin embargo, convertir el Mediterráneo en modelo exige evitar una lectura autocomplaciente. La experiencia española también muestra acuíferos sobreexplotados, humedales degradados, derechos concedidos por encima de la disponibilidad real y una expansión de cultivos que puede absorber los ahorros logrados con la modernización. Ahorrar agua en una parcela no equivale necesariamente a liberar esa misma cantidad para el río: parte de las pérdidas tradicionales retornaban al sistema, y una mayor eficiencia puede incentivar nuevas superficies o producciones más intensivas.

Eficiencia, pero también límites

La política europea del agua tendrá que distinguir entre eficiencia técnica y sostenibilidad de cuenca. La primera busca producir más con cada metro cúbico aplicado. La segunda pregunta cuánto puede extraerse sin deteriorar el río, los acuíferos y los ecosistemas que dependen de ellos. Ambas son necesarias, pero no son equivalentes. Los caudales ecológicos tampoco representan agua desperdiciada: mantienen la temperatura, el oxígeno, los sedimentos, la vegetación de ribera y la continuidad de la vida acuática.

Bruselas afronta así una ecuación compleja. Debe proteger la producción alimentaria y el empleo rural, pero también cumplir sus objetivos ambientales y preparar a las ciudades para veranos más extremos. Las respuestas no caben en una única obra hidráulica ni en una prohibición general. Harán falta reducción estructural de la demanda, restauración de riberas y humedales, recarga de acuíferos, reutilización segura, almacenamiento donde sea viable, cultivos adaptados y sistemas de precios y ayudas que no premien el consumo ilimitado.

La visita de FECOREVA será relevante si consigue trasladar algo más que una petición sectorial. El regadío mediterráneo puede presentarse como un laboratorio de adaptación, pero su legitimidad dependerá de que acepte mediciones verificables, límites ambientales y una distribución transparente de costes y beneficios. Europa necesita escuchar a los agricultores; también a científicos, abastecimientos urbanos, industrias, pescadores y organizaciones ambientales.

Un nuevo contrato europeo del agua

El Garona no necesita convertirse en el Júcar, ni el Júcar puede ofrecerse como una solución sin costes. Cada cuenca tiene su clima, su geología, sus cultivos y su historia institucional. Pero ambas empiezan a pertenecer a una misma conversación: cómo garantizar agua para la población y la economía sin vaciar los sistemas naturales que la producen y regulan.

Durante mucho tiempo, el norte europeo observó la sequía mediterránea como una excepción geográfica. El verano de 2026 vuelve a demostrar que esa frontera se desdibuja. La enseñanza más valiosa del Mediterráneo quizá no sea almacenar cada gota ni multiplicar indefinidamente la oferta, sino asumir que el agua tiene límites y que esos límites deben negociarse antes de que el cauce los haga visibles.

 

Pascual Broch Reverter, presidente de la Comunitat de Regants de Vila-real

José Alfonso Soria García, presidente de FECOREVA

Julio de 2026. Valencia